Es un tipo de vinculación desgastante que se sostiene en el tiempo y se caracteriza por una amenaza psicológica prolongada y sistemática que una persona que tiene dominio ejerce sobre otro que es más vulnerable. Se trata de la naturalización de una forma de maltrato psicológico. Lo importante es entender que no nos estamos refiriendo a un conflicto puntual sino a una forma de relación que se sostiene en el tiempo, las parejas pueden tener conflictos, algunos incluso que pueden derivar en agresiones verbales, y esos conflictos se resuelven con ajustes que la pareja va realizando a lo largo de su vida.
Pero el estrés conyugal se refiere al momento en que ese ajuste fracasó, cuando hay desesperanza y se siente que no se puede hacer nada más por provocar un cambio en la relación. A pesar de saber que no es la manera en que se quiere vivir, algunas personas se sienten atrapadas como en un laberinto y no pueden salir de ese estado de malestar.
¿Cuáles son los signos de estrés en la pareja?
Los signos son claros en el miembro de la pareja más vulnerable. Lo vemos entrar en un proceso depresivo o manifestar síntomas somáticos que revelan el desajuste al que está sometido su organismo. Desde lo más descriptivo, es una pareja que no se divierte, que no se comunica más que para lo esencial y cotidiano. En estos casos la comunicación se caracteriza por una violencia sutil vehiculizada en gestos de fastidio, de desprecio, burlas, o indiferencia.
¿Por ejemplo?
Uno de ellos se sienta a almorzar sin siquiera preguntarle al otro si va a comer, casi como si no existiera. O sale sin saludar, sin despedirse, sin decir si vuelve o no y adónde va. En muchos casos alguno de los miembros de la pareja deja en ridículo a su pareja delante de terceros. Estos desplantes no son producto de un conflicto sino la forma habitual de relación.
¿Qué cosas originan este tipo de desgaste?
En muchos casos se trata de la complementariedad entre una persona vulnerable, con una pobre autoestima, insegura y con dificultad para poner límites y otra que ejerce dominio, con características manipuladoras, más desafectivizada, menos empática, es decir, con muy poca capacidad para ponerse en el lugar del otro. Cuando se dan estas relaciones vemos que los gestos cotidianos que hacen a un buen amor están ausentes, aquellos gestos que dan cuenta de que el otro está presente en tu vida, que el otro te importa. Me refiero a pequeños actos de ternura, de comunicación verbal y no verbal, de elogios, de estímulo, de cuidado. En lugar de eso, vemos que se va minando la autoestima del otro con comentarios sarcásticos en relación a su aspecto físico, a su familia, a sus capacidades; se lo compara con otros, se lo desautoriza delante de los hijos, se lo mira con desprecio.
¿Qué pasa con el que recibe todo ese maltrato?
Lo que está en el origen es una relación asimétrica donde uno de los dos está en un estado de dependencia emocional tan desesperante que está dispuesto a tolerar y soportar lo que sea necesario con tal de que el otro se quede a su lado. Aun cuando lo que tenga que negociar sea su propia dignidad, su libertad o su identidad. Si alguien está en ese estado de necesidad cualquier señal de malestar del compañero será vivida como una amenaza de abandono. Y esa es la amenaza que va desajustando la respuesta de estrés.
El estrés conyugal tiene que ver con la naturalización de la violencia emocional. ¿A qué se refiere?
La violencia emocional tiene que ver con una comunicación indirecta, lo que llamamos la comunicación perversa. Es un estilo de violencia tan sutil, que la víctima no logra darse cuenta con claridad de lo que está ocurriendo, solo se da cuenta de los resultados: su miedo, su inseguridad, su desvalorización, su confusión, su incertidumbre y su parálisis. Hablo de “naturalización” porque las personas más vulnerables que se quedan atadas a estas relaciones han vivido ese tipo de comunicación indirecta y perversa en sus familias de origen y “saben hablar ese idioma”.
En esas familias los niños son forzados a ocupar lugares de adultos porque los padres no están en situación de poder cuidarlos. Por ejemplo, una madre depresiva o un padre alcohólico, una pareja violenta, una separación traumática en la que los hijos quedan como rehenes, padres infantiles o narcisistas son solo algunos de los ejemplos de casos en los que el hijo asume la responsabilidad de un adulto. Es decir, que frente al caos familiar que vive se “sobreadapta” para ser un niño responsable y ocuparse de sus padres dañados y de sí mismo, o aún de sus hermanos. Es un “piloto de tormentas” y aprendió a ser el “salvador”, el “rescatador”. Ese niño ya está sometido a una situación de estrés crónico y crece naturalizando su esfuerzo.
¿Es mayor el número de parejas que enfrentan crisis basadas en este tipo de desgaste, ahora que en el tiempo de nuestros abuelos?
Tal vez, en el tiempo de nuestros abuelos estas cosas pasaban, pero daban lugar a crisis internas que no se traducían en reclamos porque era lo aceptado culturalmente. No quiere decir que vivieran mejor, pero se soportaban porque no había otra opción en sus cabezas, no podían imaginar una vida diferente. Los roles estaban más claros, probablemente no competían por el poder, no se planteaban la ausencia de goce en la sexualidad y la infidelidad era considerada como una conducta “masculina” inevitable que la mujer tenía que tolerar porque ella no era capaz “de darle lo que él obtendría afuera”.
En la actualidad, tenemos la posibilidad de elegir la pareja, opción que no existía hace 100 años cuando los matrimonios se arreglaban por contrato o eran los padres quienes elegían la pareja de sus hijos. O bien porque había sido el primer novio, elegido en una época de inexperiencia y la separación estaba mal vista. Esta posibilidad de elegir permite pensar que hay otra forma de vivir el amor y las relaciones, por lo tanto, la frustración es mayor cuando no se puede salir del laberinto del dolor conyugal. Las personas ven a su alrededor otras parejas que se tratan de otro modo, que construyen el respeto, el cuidado y la ternura y que atraviesan juntos los conflictos.
¿El estar expuesto a situaciones de estrés en la pareja puede acarrear enfermedades físicas?
Siempre tenemos que aclarar que el estrés que enferma, el que nos hace daño, no es el estrés agudo. Nosotros venimos preparados de fábrica para responder a amenazas, desafíos y peligros con un sistema que nos provee los cambios necesarios para adaptarnos a esas situaciones. El problema es cuando esa amenaza es demasiado grande o demasiado sostenida en el tiempo, entonces el organismo no logra recuperarse y volver a los parámetros saludables. Eso hace que todo lo que se puso en marcha para hacer frente al peligro –aumento de ciertos neurotransmisores y de algunas hormonas como el cortisol, cambios en la respuesta inmune- no vuelva al estado basal y siga elevado y activado. Esto es lo que verdaderamente nos hace daño. Las consecuencias más frecuentes de las situaciones de estrés crónico en la pareja son las que tienen que ver con el síndrome metabólico (aumento del colesterol, obesidad, glucemia, por ejemplo) enfermedades cardiovasculares, autoinmunes, gastrointestinales, cefaleas y muchas otras derivadas de los cambios hormonales e inmunes que ocasiona el estrés crónico.
¿El estrés afecta la sexualidad de la pareja?
El estrés agudo afecta la sexualidad de una manera puntual, porque se está atravesando un conflicto (laboral, con los hijos, económico), pero las situaciones sostenidas afectan la sexualidad porque todo en la pareja está funcionando mal. La sexualidad funciona si afecto, sin comunicación, casi de manera mecánica. Se pierde lo más importante en la pareja que no es la sexualidad sino la intimidad.
¿Cuál es la relación entre la depresión y el estrés conyugal?
Hay estudios científicos que confirman que el riesgo de padecer depresión puede aumentar 20 veces en individuos que sufren estrés conyugal. En este punto cabe recordar que las mujeres son más vulnerables que los hombres. El índice de prevalencia es 2 a 1. Es decir, dos mujeres con depresión por cada hombre. Y además las mujeres tienen más vulnerabilidad neurobiológica y están más atravesadas que los hombres por mandatos culturales que las impulsan a soportar y tolerar algunas cosas que los hombres no tolerarían.
¿Cómo afecta al entorno- hijos, familia, amigos-, un vínculo de pareja desgastado por el estrés?
Lo que vemos es que el entorno primero quiere ayudar, pero luego se va alejando. Y esto ocurre porque la violencia emocional está oculta y como no es clara comienza a haber conflictos de lealtades: los hijos le dicen a los padres que el clima es insoportable y se enojan con el que se queja de la situación. En general, acusan al más vulnerable porque la violencia del que tiene dominio es muy sutil y los confunde. El que está en posición de sometimiento comienza a tener estallidos de llanto o de ira por la impotencia que le genera esta situación y será señalado como el culpable por los hijos. Los amigos se empiezan a alejar porque quedan envueltos en situaciones desagradables e incómodas cuando la pareja expone este tipo de comunicación (aún sin darse cuenta porque lo ha naturalizado) y se hacen bromas hirientes o se ridiculiza al otro buscando complicidad en los terceros.
¿El estrés que enfrenta el vínculo de los padres, puede trasladarse a los hijos?
Los estudios nos confirman que el estrés conyugal en la pareja parental aumenta el riesgo de enfermedad en los hijos porque también provoca cambios en el sistema inmune de ellos (los hijos). Se ha podido comprobar el aumento de enfermedades infecciosas en los niños que tienen padres con estrés conyugal. Es bastante lógico porque estos padres no están disponibles para mirar a sus hijos. Están muy ocupados en su propia batalla. Uno de ellos porque tiene características desafectivizadas y el otro porque sufre el miedo de perder la relación.
¿Es posible que el origen del estrés de pareja sea externo, por el trabajo, por ejemplo, y se traslade al hogar?
No. Estas situaciones externas son las que pueden crear tensión intraconyugal o familiar, pero en buenas parejas son claramente dos personas luchando contra factores externos. En las parejas donde hay violencia intraconyugal el enemigo está adentro: los dos luchan entre sí. Los factores externos acrecientan el malestar y lo profundizan y pueden ser la excusa para vehiculizar la violencia. Sin embargo, vemos que en los vínculos más saludables son justamente esos factores externos (un despido, un problema con los hijos) los que más unen a la pareja. Los integrantes se sienten apoyados en circunstancias graves. En el primer caso, en cambio, se hace evidente que esas situaciones sirven para hacer más críticas y reproches y ahondar más las heridas.
¿El estrés conyugal puede ser factor de infidelidad?
Sin duda, porque genera una gran frustración. Incluso la persona más vulnerable, imaginemos que es una mujer, puede sentir que una relación extraconyugal la puede reparar del daño y eso la puede llevar a situaciones de riesgo en las que queda atrapada en otro vínculo al que idealiza sólo porque está en una situación de absoluta desventaja. En la infidelidad, vemos en estos casos, que las personas más que buscar a otro se están buscando a sí mismas porque han perdido su identidad y su dignidad y no saben quiénes son. Entonces suponen –erróneamente- que otra relación les permitirá reencontrarse con ellas mismas.
¿Qué consejos daría a una pareja que enfrenta juntos estas tormentas?
Lo principal es saber que estamos en una relación simétrica en la que ninguno tiene dominio sobre el otro. Esta condición permite negociar, de lo contrario hay uno que vive el estado de amenaza y está atrapado. Ambos tienen que sentirse con autoridad dentro de la relación y esto es independiente de quien ejerce el control del dinero porque los dependientes afectivos en muchas ocasiones no tienen una dependencia económica, pero el terror a la soledad y al abandono es tan fuerte que son capaces de negociar cualquier cosa con tal de que el otro se quede a su lado.
Lo que más ayuda es no juzgar, aceptar al otro, no intentar cambiarlo ni torturarlo con las críticas. Saber que si se trata de un buen amor, el momento de las heridas es un momento delicado. Un momento para acariciar con ternura la herida del otro y no para atacarlo justamente allí donde le duele. Todas las personas tienen “agujeros negros”. Situaciones que no logran resolver y les duelen: dificultades para hacerse respetar en un trabajo o con los hijos, problemas con sus padres, inseguridades con su cuerpo o con su desempeño. Conocer al otro nos tiene que servir para acompañarlo con delicadeza en esas zonas y no para herirlo aún más con aquello que no puede. Como vemos, no se trata de las grandes cosas, sino de los pequeños gestos cotidianos. Nos hace bien sentirnos tenidos en cuenta, que nos reconozcan, que nos agradezcan, que nos pidan disculpas, que acepten los errores, que no hayas escaladas verbales ni gestos de desprecio. Tenemos que cuidar el vínculo con actos de ternura.
¿Cómo sostener el compromiso incondicional ante los problemas?
Lo importante es justamente saber que los vínculos de pareja no son incondicionales. La incondicionalidad los mata porque permite que uno sienta que puede hacer cualquier cosa. Hay condiciones y debe haberlas: respeto, no violencia, libertad, acuerdos de fidelidad, entre otras cosas. Cada pareja sabe cuáles son las cosas que no quiere negociar. Pero está bien que haya condiciones y cuando se transgreden alguno de los dos se siente dañado y habrá que replantear esos acuerdos.
Los inconvenientes que conlleva la dependencia afectiva. ¿Puede ser esta un signo del estrés conyugal?
Las dependencias nunca son buenas. Nos referimos a dependencias afectivas patológicas. Porque generan un estado de necesidad que contradice la posibilidad de elegir. Y la mejor manera de permanecer en un vínculo es sabiendo que lo elegimos, que nadie nos obliga a estar allí. De esta manera, no le vamos a “pasar factura” a nadie. Las dependencias afectivas llevan inevitablemente al dolor de la indignidad , a estrategias de control para que el otro no se vaya, para que te quiera, para que no te engañe, etc. Y de esta manera, se muere cualquier posibilidad de amor.
En este sentido, ¿Cómo evitar la dependencia afectiva?
Primero hay que reconocerla. Darse cuenta de que algo está pasando si en la vida las relaciones amorosas sólo nos han traído dolor y sufrimiento. Si esto ocurre, es probable que los vínculos de dolor sólo hayan “servido” para tapar otro vacío, más antiguo, más primario. Y nadie va a solucionar el vacío de nadie. Esa es una tarea personal y urgente para poder ser libres para elegir.
El camino para trabajarlas puede ser la psicoterapia, el trabajo espiritual, los grupos de pares, hay muchas instancias, pero lo importante es hacerse responsable de que algo está pasando y saber que se puede corregir. Los patrones vinculares pueden ser disfuncionales, pero no son un destino. Se pueden cambiar.
¿Por qué la reacción inmediata ante el desgaste evidente es el silencio? En general, ¿Tenemos poca tolerancia al posible fracaso?
Creo que tenemos miedo. Lo que motiva a muchas personas a quedarse en lugares de malestar es el miedo . No al fracaso, porque estar mal es un fracaso. Es un desperdicio de vida, de salud, de posibilidades. El miedo es el gran responsable de las parálisis: miedo a la soledad, al abandono, al cambio. “Tengan el coraje de ser felices”. De eso se trata.







